lunes, 9 de junio de 2008

María Isabel Párraga B. // Sopa de miedo

La ley va orientada a implantar un esquema en el que todos desconfiamos de todos
Allá por los tempranos años 90 y todavía bajo los efectos de la Trova Cubana que tanto nos gustaba en esa época porque, qué ingenuidad, creíamos "que la era estaba pariendo un corazón y que su génesis estaba precisamente en una isla caribeña, nos fuimos a buscar esa supuesta "verdad", encontrar ese "hombre nuevo" que según los poetas y cantores revolucionarios caminaba por las calles de La Habana.
Mientras estudiábamos en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños, excelente institución por cierto, promovida por Gabriel García Márquez, tuvimos la oportunidad de convivir con el maravilloso y sufrido pueblo cubano. De cuando en cuando íbamos a la ciudad. Una de esas veces coincidió con una "fiesta" que fue reveladora. El día de la llamada "caldosa" una gran sopa comunitaria y solidaria que se cocinaba en las calles de cada barrio doquiera que existiera un CDR o Comités de Defensa de la Revolución. O sea, en todas partes. Hay noches de noches y días de días. Esa no fue precisamente la del bolero "La noche de anoche" ni una epifanía revolucionaria para unos veinteañeros que estaban buscando lo que es un pecado no tratar de encontrar a esa edad: la utopía del sueño posible. No. Lo que vivimos y descubrimos en ese supuesto "jolgorio comunitario" fue un sistema basado en la delación y el miedo como control social.
Fue una jornada bien extraña porque una cosa es la que nos contaban las personas de los CDR cuando estaban presentes algunos de los miembros de esa organización y otra muy distinta la que nos decían cuando éstos se daban la vuelta. Eso sí, sólo se atrevían a hablar si estaban solos. Nunca en presencia de otro cubano. Y de hecho el asunto era tan raro que una persona te decía que el CDR de su cuadra era una maravilla, que trabajaba muchísimo por esa comunidad, al tiempo que brindaban con sus supuestos "compañeros vecinos" y al voltearse estos señores para atender otra gente, empezar el relato de cómo los tenían amenazados. Cómo, a veces, porque alguien les caía mal, no necesariamente por razones políticas sino porque, por ejemplo, se enamoraron de la misma muchacha, podían hacerle la cruz y ser calificado como lo peor: un contrarrevolucionario. Si esto sucedía, significaba caer en desgracia. Podías hasta perder tu trabajo o ser conminado a un peor puesto en una nación donde el gran y casi único empleador es el Estado o, en el peor de los casos, quedar tras las rejas.
Esta historia la contamos en primera persona con todo el prurito de utilizar ese recurso en una columna de opinión porque no queremos verla repetida en las calles de nuestro país. La Ley de Inteligencia y Contrainteligencia va orientada a implantar un esquema en el que todos desconfiamos de todos para el mantenimiento y buena salud del Régimen. Son ricas las caldosas y sabrosas las fiestas pero no cuando se cocinan con miedo.
mariaisabelparraga@gmail.com

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